September 02, 2015

Better Together

Porque de dónde vienes, qué idioma hablas, en qué crees tiene importancia, te diferencia, te puede incluso enorgullecer, pero no te hace mejor que a nadie. Porque los pueblos solo existen en los mapas, y las tribus son ahora los hipsters, los emos y los góticos, no el grupo genético o geográfico que me protege contra el del otro lado del río que quiere robarme los caballos y acostarse con mis mujeres.
Porque la Unión Europea es lo mejor que se nos ha ocurrido a los de este continente desde el derecho romano. Y porque pertenecemos a esa Unión porque tenemos un pasaporte donde pone España.
Porque nos da igual si tu tatarabuelo ordeñaba vacas en el Pirineo, abría telares en Sabadell o se ciscaba en el señorito del cortijo en Jaén. Porque no nos diferencia si nuestro padre se ganó una paliza por hablar a un civil en catalán en la Rambla o si sudaba la gota gorda en un tren desde que salió de Badajoz esperando ver Sants cuanto antes.
Better together.
Porque en este maravilloso siglo nuevo no somos tanto de donde vivimos o de donde nacimos como de donde hemos estado. Porque gracias a internet ya no queremos ser el mejor de la región sino el mejor de nuestro linkedin, ya no aspiramos a que nos bese la más guapa del pueblo sino la más guapa del facebook.
Porque los problemas son más complejos que nunca y el futuro nunca fue tan incierto pero somos más poderosos, quizá no más valientes, pero sí más chulos, más abiertos, más flexibles y sabemos que no es mirando hacia dentro o hacia atrás como se arreglarán las cosas. Y es que la vida quizá la ves jodida pero nunca, nunca, es culpa del de fuera, del de otro color o de otra cultura ni del resto de España.
Porque queremos ser menos de nuestra comarca y más catalanes, menos catalanes y más españoles, menos españoles y más europeos. Una Europa que por fin anda de la mano, con su burocracia, sus circunloquios y sus líos, pero en paz y con ambiciones.
Porque cuando medio borracho en un bar de Seúl una chica me pregunta de dónde soy respondo que soy Europeo, de Barcelona. Cuando me lo preguntan en Ginebra digo que español, y cuando me lo preguntán en Madrid respondo que catalán.
Better together.
No te vayas de puente el 27. No te relajes, no pienses que es como las otras veces porque esta vez no lo es y ellos van a ir a votar todos.
Porque todos lloramos juntos cuando matarón a Miguel Ángel, porque esa bomba en la Meridiana nos mató a todos un poco y nadie preguntó si el dolor era catalán, vasco o andaluz. Dolió en toda España.
Porque lloramos juntos, de alegría esta vez, cuando esa flecha encendió el fuego olímpico en Montjuic, igual que lo hicimos cuando marcó un gol Iniesta y de golpe, cuatro siglos después, fuimos los amos del mundo.
Porque todos los catalanes somos españoles y el 27 tenemos que demostrarles que la inmensa mayoría de catalanes no queremos dejar de serlo.
Por nuestros padres que vinieron de lejos para trabajarse un futuro mejor, por nuestros padres que les recibieron y les enseñaron catalán.
Porque somos más y ahora es nuestro turno. Porque el futuro de Cataluña es el nuestro.
Better together.

Posted by antonio at 09:16 PM | Comments (0)

May 25, 2015

Un Avión

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Todo se jodió cuando alguien dijo por primera vez los que se han tenido que marchar. Cuando los que se quedaron empezaron a pensar que los que se habían ido a trabajar, a estudiar, fuera eran unos pobres héroes anónimos expulsados del paraíso ibérico por las maldades de ese monstruo de dos caras que es el mercado y la política. Cuando los de dentro lo proclamaron y los que estaban fuera se lo creyeron.
El españolito joven o no tan joven con una carrera o varias, que habla inglés y decide hacer las maletas para trabajar en el extranjero porque aquí no encuentra nada de lo suyo no es un héroe, es un fracasado. Un chaval que con todas las facilidades materiales que este siglo pone el estado en sus manos para acabar cualquier carrera que le plazca no tiene nadie que le contrate tras meses enviando currículums no es una víctima de la sociedad capitalista sino una persona libre que ha desaprovechado demasiadas veces la oportunidad de tomar la decisión correcta.
La libertad era esto, amigo mío. Y no tiene ningún mérito ni ninguna épica que ahora decidas tomar un avión a Zurich si me echas a mí la culpa del tener que hacerlo.
Dejé España hace 16 años acojonado, indocumentado y virgen, pero porque quise. Y como yo, lo hicieron tantos y tantos otros españoles a los que insultáis cada vez que habláis de la fuga de cerebros o de los exiliados. Insulto extensible a los que siendo igual de buenos e incluso mejores se quedaron y triunfaron.
Irse fuera es una experiencia maravillosa y difícil que al principio asusta, luego enseña, después curte y acaba enganchando. Vivir en un país distinto al propio te hace conocer tus límites con más objetividad y, si tienes suerte para deshacerte de ciertos prejuicios, te enseña ver con más claridad los de tu país. Nunca soy tan español como cuando estoy fuera de España. No la echo de menos, no me emociona suspiros de España ni tengo morriña por lo que dejé allí. Pero he estado ya en suficientes sitios como para aprender que donde hay un ciudadano del mundo hay un gilipollas y que el más cosmopolita de los expatriados hace el peor de los ridículos cuando intenta atenuar o disimular sus orígenes. Las grandes metrópolis del planeta están hechas de inmigrantes y no serían lo que son si al llegar cada cual hubiese renegado de sus raíces y su cultura.
Pero me desvío. Yo quería escribir de los que se han tenido que marchar y de cuánto me cabreo cada vez que oigo la frase. La perorata del que nunca ha salido de Móstoles explicando a su audiencia la heroicidad que hay en ésos que tuvieron que hacer las maletas. La cháchara del político que promete hacer todo lo posible por permitir mi vuelta, por meterme en un avión al aeropuerto donde mis compatriotas me recibirán con los brazos abiertos, como un héroe, orgullosos de mí y orgullosos de ellos mismos por haber al fin logrado construir una España digna de mi carrera y de mis aptitudes profesionales. Un sitio donde por fin podré firmar un contrato indefinido, una hipoteca y un abono al Plus.
A mí dejadme tranquilo.
La inmensa mayoría de los que nos ganamos la vida en el extranjero podríamos igualmente ganárnosla en nuestro país. Lo cual no siempre es cierto al revés. El paro es un enorme problema, pero un problema que afecta a los que no tuvieron la suerte que tuve yo, con una familia que no reñía al profesor cuando me suspendía y que me obligaba a aprender inglés antes de saber derivar. El paro no es un problema, o casi nunca lo es, para los que tuvimos la suerte de no oír los cantos de sirena del dinero fácil con 16 años, las licenciaturas vocacionales con 25 ni los doctorados regalados con 32. Podría haber triunfado o fracasado igual en Barcelona que en Ginebra y si decidí quedarme fuera era porque vivir en otro país es mucho mejor que en el propio, seas del país que seas. Con crisis o sin ella.
Si piensas que el motivo por el que estás subiendo al avión es que España no te merece y que otros países sí te valorarán como es debido, si te crees una víctima, mejor no te subas. En tu destino tu suerte seguirá siendo la misma. Solo que esta vez la hostia te la darán en un sitio donde seguramente hace más frío y llueve más.
Una vez decidí volver a España. Llevaba siete años en Suiza, estaba enamorado y a esa edad todavía pensaba que la juventud terminaba antes de lo que termina en realidad. Duré siete meses. Decidí volver a emigrar, aún enamorado, por dos razones, una mala y otra buena. La primera era que ya no reconocía a la Barcelona que había dejado más de un lustro atrás. Era la época de las peleas por el nuevo estatuto, la época en que el nacionalismo se quitó definitivamente la careta, la época en que los catalanes no catalanistas perdimos la inocencia para descubrir que en Cataluña ya éramos ciudadanos de segunda. Los posts más tristes y oscuros de este blog, ésos de los que menos orgulloso me siento, los que nunca releo, aunque no por ello me arrepienta de haberlos escrito, hablan de esos meses. Fueron también los días en que vimos nacer a Ciudadanos, qué imposible parecía entonces lo que vivimos ayer! Los meses en que dejé de ser culé para siempre. Los meses en que, en cierta manera y aunque me doliese entonces y aún me duela ahora, empecé a dejar de ser catalán.
Pero hubo también un motivo alegre por el que decidí irme, más íntimo y egocéntrico: echaba de menos ser extranjero, sentirme diferente, ser el exótico en una ciudad de indígenas. Extrañaba lo que solamente los que han vivido varios años en otro país entenderán: la sensación de estar en una comunidad sin pertenecer a ella. Con las ventajas e inconvenientes que conlleva, el poder pasar de puntillas sobre los asuntos del país que te acoge, problemas como sus elecciones, sus competiciones deportivas, sus asuntos públicos del día a día. Como el invitado en una fiesta que conoce lo suficiente al anfitrión para no sentirse fuera de lugar, pero no tanto como para tener que quedarse al final para ayudarle a fregar. Momentos difíciles cuando alguien te grita en una lengua que no entiendes, pero a los que compensan mil veces los otros en que alguien te susurra al oído cosas que comprendes aún menos pero maldita la falta que hace.
No nos tengáis pena, pero sobretodo, no te tengas pena. Tú, que estás a punto de subir a ese avión. Da las gracias porque naciste en un país que te dio un pasaporte con el que puedes irte a prácticamente cualquier lugar del mundo, porque eres libre de intentarlo, porque alguien (quizá tú mismo) te pagó el billete que tienes en la mano y porque la vida, cuando de poner distancia de por medio se trata, siempre es maravillosa, aunque muchas veces no lo parecerá, aunque los primeros días, lo sé muy bien, solo desearás volver y los primeros meses te preguntarás varias veces qué cojones haces en Shanghai con lo mal que se come y el frío que hace en enero. No te arrugues, no te des pena, y sobretodo no dejes que nadie sienta pena por ti. Mucho menos que ese alguien intente traerte de vuelta con la tribu, donde hace calor y hay comida decente. Eres un privilegiado, estás dando el primer paso y algún día, quizá mucho antes de lo que crees, te despertarás mientras alguien te susurra al oído cosas en una lengua que no entiendes pero que ya consideras tan propia como la tuya.
Y quizá ése sea el momento de volver a subirte a un avión.

Posted by antonio at 07:55 PM | Comments (0)

April 10, 2015

Un Desconocido

Habría sido demasiado masculino para mi gusto si no fuese por sus ojos.
Me había abierto la puerta del pequeño restaurante desde dentro antes de que yo llegase a tocarla, como si me estuviese esperando. Casi sin decir palabra, me había acompañado a una de las pocas mesas libres, al lado de la ventana que daba al castillo en ruinas y ahora yo podía sentir su mirada clavada en mi nuca, sin atreverme a girarme.
Una absurda norma que prohibía fotografiar los símbolos, entre jeroglíficos y masónicos, inscritos en algunos de los muros del castillo, me había hecho dejar Londres esa mañana para pasar aquel día de verano en la pequeña y campestre ciudad de Christchurch. No me apetecía nada al principio, pero me negaba a usar las malas reproducciones oficiales que había encontrado en la página web de la modesta oficina turística del condado, y un amigo del trabajo, que desde mi divorcio llevaba tiempo demasiado interesado por mí y mis aptitudes, profesionales o no, me había recomendado que por una vez usase mis más que aceptables dotes como dibujante y diese un toque artesanal a mi tesis doctoral, incorporando las misteriosas figuras dibujadas por mí misma.
Tras pagar las diez libras de la entrada y dejar mi viejo Nokia en la consigna, había pasado cerca de dos horas plasmando unas veinte figuras en mi libreta. Obviamente no eran ésos los dibujos finales que incorporaría a la memoria, pero serían más que suficiente una vez pasados a limpio en mi tranquila buhardilla en el Soho.
Tranquila. Ése era el adjetivo que menos reflejaba mi estado mientras comía la ensalada que unos minutos antes había pedido al otro camarero del local. Se había movido un poco y ahora podía verlo de reojo. Era tan exageradamente guapo que no sólo desentonaba con el provinciano local sino que parecía que lo habían traído de otra época. No dejaba de mirarme y yo, aunque jamás me había sentido tan incómoda, tan intimidada, no quería que dejase de hacerlo. Casi imperceptiblemente, empecé a temblar. No me atrevía a girarme y solo adivinaba su cara tranquila con una media sonrisa tímida en sus labios. Media sonrisa que yo en ese momento habría matado por ver en sus mil formas distintas: riendo abiertamente, gritando, pensativo, relajado, estresado, abriendo los ojos a mi lado con esa mirada segura que tienen los hombres inteligentes cuando se despiertan al lado de una mujer que les gusta.
No pude comer más, pedí la cuenta y, aún con un pequeño temblor en mi pecho y mis hombros que, gracias a Dios, estaba segura yo solo percibía, cogí mi libreta y mi bolso y me levanté para irme.
De nuevo no llegué a tocar el pomo de la puerta. De nuevo él estaba ahí, por fuera esta vez, esperándome para abrirla. Me dijo algo, imagino que despidiéndome, yo respondí lo que pude y, mientras su mano izquierda dejaba ir la puerta, me dio la derecha y me dijo su nombre.
No me había equivocado. Por la manera en que los otros camareros le trataban, había adivinado que era el dueño del restaurante y en estas pequeñas ciudades de la campiña inglesa, estos establecimientos acostumbran a ser la extensión de la casa del propietario. Casas pequeñas de dos plantas con pasillos estrechos como en el que por fin se había decidido a besarme. Pasillos que acaban en escaleras que acostumbran a conducir a diminutas habitaciones donde la cama se puede hacer demasiado pequeña para chicas que, como yo, llevan meses sin rodear con las piernas a un hombre.
Se dio cuenta desde el inicio de que tenía que ir con cuidado y no dejó de estar en tensión y atento a mis reacciones hasta que yo dejé de gritar, de arañarle y de morderle. Sus ojos aún miraban al techo mientras yo acariciaba, como sin querer, su hombro derecho, cuando caí en la cuenta. Casi avergonzándome de mi candidez y temiendo que él me viese como una primeriza, empecé a bajar mi mano izquierda acercándola a su vientre, mientras la derecha ascendía por su muslo. Antes de que llegase a su destino, él agarró mi mano, y con la misma sutileza con que la había cogido en la puerta del restaurante, se la llevó a los labios y la besó mientras me decía que sus empleados estarían esperándole para cerrar, que tenía que irse, pero que volvería pronto y yo podía quedarme y esperarle.
Se incorporó, me besó en el vientre, los pechos, la boca y se fue.
No le esperé, me vestí, cogí mis cosas y sintiéndole aún dentro de mí me fui hacia la estación, hacia Londres, hacia mi apartamento, hacia mi pequeña cama donde, sola esta vez, volvería a hacer el amor con él muchas veces más.
Como en la canción de Sabina, al verano siguiente volví y tras media hora en la calle acumulando valor, me acerqué a la puerta. Esta vez tuve que tirar yo de ella para poder entrar. Una diminuta anciana me contó que hacía unos meses el antiguo propietario había vendido el local a su hijo y lo único que sabía del dueño anterior es que se había mudado a Canarias. La mezcla de alivio y decepción sólo fue comparable a la de deseo y miedo que había sentido un año antes cuando, mientras me quitaba el jersey, me había dicho que quería despertarse a mi lado.
Nunca me desperté con él, y la historia la tenía casi olvidada hasta que hoy la he recordado mientras ese chico del trabajo, que por fin se ha dado por vencido y aceptado que yo soy mucho mejor amiga que novia, me contaba una historia similar sobre una modelo rubia de Tokio a la que no le importa dormirse a su lado pero que tampoco quiere despertarse con él.

Posted by antonio at 09:56 PM | Comments (0)

March 15, 2015

La Chinita

Su madre le había dicho que no a algo en la cafetería de la enorme estación de tren en una perdida y gris ciudad china. La niña tendría unos seis o siete años y lloraba de esa manera que solo he visto llorar a los niños asiáticos. De pie, estirada, con los pies muy jutos, las manos agarradas frente a su cuerpecillo y casi sin hacer ruido. Sería el cansancio tras dos semanas recorriendo Corea y China, o sería la soledad que solo los que se han visto a dos continentes de distancia de cualquier persona querida conocen, pero la imagen me impresionó.
China es un país duro. La gente en las ciudades es maleducada y ruda, el aire es irrespirable, los negocios se hacen a cara de perro, el tráfico es criminal, como cliente solo tienes derecho a gritar más alto que el vendedor o el camarero al que le importa una leche que vuelvas o no. No es desprecio por el extrajero, entre ellos se tratan aún peor. Es una sociedad egoísta, rápida, estresante y honesta. Una honestidad tan real que hace añorar la falsa modestia y agradable hipocresía con la que a uno le tratan en Japón y Corea.
Pese al lujo y orgulloso consumismo de Shanghai, puedes sentir la presencia del Partido mires donde mires, en la calle, en los bares, en el lento y censurado internet (hace un año había Google y porno, cuatro meses atrás desapareció Google, ahora ya no hay ni porno).
Una semana en China, sobretodo si se sale las occidentalizadas metrópolis, envejece lo que un año en Europa.
Por eso me conmovió esa chinita. Ya había acabado todas las reuniones y me disponía a coger el tren que me llevaría 300 kilómetros por hora de vuelta a Shanghai. Solo una noche más de bares en el French Concession y estaría de vuelta a casa. Y de golpe la vi ahí llorando.
La ternura es el más peligroso de los sentimientos, porque te ataca sin avisar y te hace hacer y decir cosas de las que luego te arrepientes. La niña lloraba mientras la madre le daba la espalda y yo me quedé con el bocadillo a medio camino de mi boca mientra la miraba. Ese llanto era puro chantaje, obviamente, pero como en todo niño que llora había también algo de desilusión. De promesas incumplidas y de frustración.
Me recordó a la niña que hace años amé y que una noche en que por mi culpa no podía dormir me gritó que quería que todo desapareciese y solo quedase ella frente al mar comiéndose un helado.
Me la imaginé en unos diez o quince años, cuando ya no tendrá derecho a llorar en público y deberá enfrentarse a una sociedad que con demasiada frecuencia hace llorar a sus mujeres.
A punto estuve de levantarme a darle un abrazo y comprarle lo que su madre le había negado. Lógicamente me quedé quieto, acabé de comer y pensé que quizá no, que quizá China empezaba a cambiar pronto, y que ella crecería encontrando a alguien que cuidaría de ella y nunca le dejaría volver a llorar, o mejor aún, que se volvía una mujer guapa, fuerte e independiente que no necesitaría llorar para que nadie le comprase pasteles en una cafetería de estaciones de tren, porque podría ella comprarse todos los que quisiese en cualquier lugar del mundo.

Posted by antonio at 12:23 PM | Comments (0)

November 16, 2014

Japanese Jet-lag

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Te ataca sin avisar cuando ya crees que estás curado y de golpe te ves ante twitter a las cuatro de la mañana contando las horas para meterte en la ducha. Aquí amanece temprano, muy temprano, haciendo que los finales de las juergas que se alargan más allá de las cuatro dejen un regusto de fría desolación mas volviendo mucho más agradables los amaneceres desvelado ante la ventana del hotel.
Quince hoteles en cinco semanas, sólo seis noches en casa y miles de anocheceres desde la ventanilla del avión, ventanales de habitación y ventanas de Shinkansen.
Decenas de charlas con desconocidas en bares que te hacen olvidar que estás en el otro lado del mundo; horas, días, frente al iphone atándote a las que están en tu lado; noches eufóricas de 'this is it', mañanas melancólicas de ´qué hago aquí´.
Hace unos días en una ciudad perdida en el centro de China una camarera rusa me dijo mientras desayunaba que parecía cansado, le respondí que de hecho lo estaba, había dormido las cuatro noches anteriores en cuatro países de tres continentes distintos.
Lucky you, me respondió.
Le sonreí y dejé de quejarme mientras me acababa el café. Sin duda nos movemos para estar lejos del hogar, lo que aún no he resuelto es si lo hacemos para huir de él o para encontrarlo.
Sexto año on the road.

Posted by antonio at 10:02 PM | Comments (0)

April 05, 2014

Cold Asian Night Kisses

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She had asked him to leave the curtain open while he took the shower. The bedroom and the bath were only separated by a wide window through which she could now see him covered on soap and he could watch her laying on the bed. Dressed only by that mysterious smile.
The same smile that had hypnotised him some hours earlier during the dinner with that Asian city at hundreds of meters below them. She didn’t need to wear anything while she smiled, and a man needed all kind of shields when the smile disappeared. He had never felt more naked in public than seconds after she erased it and a serious expression with her lips not completely closed followed. The ambiguous expression that may invite a man to kiss a woman or warn him to stay away.
Now, with the hot water, hitting his eyes, that moment looked like ages ago in the past. For once in his life he had been brave enough and his reward was now looking at him from the bed while he could only feel that he was getting into troubles. The familiar feeling of fragility, intensified by his nudity, so weak and so meaningless compared to hers.
He closed his eyes for a second to rinse the soap in his eyes, and when they opened again she saw her near the window, standing in front of him, with only the thick cold glass, covered on steam now, between her body and his fears. She approached, leaned and, still looking at his eyes, kissed the glass. A long, warm and distant kiss.
Days after, already far from that Asian room, during his nights in hotels at this side of the world, that kiss would torture him. It would come back as a short knife every time he took a warm shower or he looked at a different girl laying under his sheets. It was only one of the thousand kisses that they exchanged that night, but the glass between them, the image of her body at only some millimetres from his skin and the feeling of the bracket that it was closing made it be the most exciting memory of the night. The intense momentary feeling that it could be it. That finally the pieces of the puzzle were falling at the right place and that maybe, just maybe, he had reached the end of the road. Sunrise reminded him however that those lips were just the price of freedom and the cost of flying high enough to follow smiles that end up in cold kisses on a glass.

Posted by antonio at 03:35 PM | Comments (0)

January 26, 2014

Yellow

Mi hermana pequeña acaba de curarse de un cáncer. Ya está. Ya lo ha hecho y ya lo he dicho.
La noticia, cuando llega, te paraliza intelectualmente, como cuando tocas sin querer la pantalla del iPad mientras ves una peli. Una pausa mental seguida de un empujón que te pone en movimiento hacia otro camino del que ya no sales hasta que el médico te anuncia que está curada.
Ella se ha curado y no hay nada más que hablar. Que cuente ella, si le apetece, el proceso, la incertidumbre, la tristeza, la rabia, el esfuerzo y la alegría. Que lo cuente si quiere, y si no tiene ganas, que no lo haga. Lo importante ya lo ha dicho sin abrir la boca demostrando estos cuatro últimos meses que es la mujer más fuerte que conocemos.
Yo quería escribir de otra cosa, de lo aprendido y de lo descubierto. De esa sensación impagable de no verte solo remando. Mis padres, mi otra hermana, ésos están ahí siempre, son parte de ti y cuentas con ellos como cuentas con que tus manos y tus brazos se moverán automáticamente sin tú pedírselo cuando tengas que parar un golpe. Son ese segundo círculo de protección, mis primas Sonia y Marian, mis hermanos Carlos y Óscar, mis segundos padres Charo y Miguel. La distancia ha sido menos difícil porque ellos estaban ahí reemplazando y mejorando todo lo que yo pueda hacer. Este grito va por ellos. El grito que pegué cuando una llamada de un miércoles a media mañana me dijo que ya está, que Rocío había ganado la guerra.
Soy creyente, y agradezco siempre que me acuerdo el que por ahora las complicaciones en mi vida me las he buscado yo solito y que el destino no me ha puesto las cosas nada difíciles hasta ahora. Sin embargo, no hay agradecimiento que justifique el sufrimiento de una hermana pequeña. Tuve que dejar la reunión en la que estaba a toda prisa y salir del edificio. No fue precisamente gracias lo que grité, sino cosas bastante menos sutiles que habrían comprometido seriamente mi carrera profesional si llego a soltarlas en esa sala de reuniones.
Y es que hay que insultar y cagarse en la puta más amenudo.
El cáncer no nos había enseñado a apreciar las cosas verdaderamente importantes de la vida, como dicen los cursis. El cáncer nos había enseñado a mi hermana y a mí que hay que luchar por cada detalle, que hay que ganar cada batalla por absurda y nimia que parezca. Lo hablamos al teléfono la noche que le dieron su primer diagnóstico positivo: la vida no consiste en intentar estar siempre en perfecto estado, sano, seguro y feliz. La vida consiste en esas cosas menos imporantes como ir al cine, escalar en el trabajo o emborracharte con desconocidos. Esas cosas que nunca salen en los índices de felicidad pero que serán las primeras que echemos de menos cuando ya no seamos tan fuertes e inteligentes como somos ahora.
Y es que hay que cagarse más en la puta, hay que insultar más al que se lo merece, criticar como si no tuviésemos nada que perder y ser muchísmo más chulos. Claro que muchas veces no tenemos razón, y claro que cuando pones la cara las probabilidades de que te la partan son mucho mayores que cuando te la cubres, pero es que no queda otra. Las cosas importantes quizás se consigan con prudencia, pero para las que valen la pena hay que jugarse los morros. Hay que dormir con todo tipo de mujeres y de hombres, hay que hablar sin levantar la mano, bajar la capota del coche aunque parezca que va a llover, comprar regalos caros a los amigos, llevar a las chicas a cenar donde den caviar y cabrear a tus padres de vez en cuando para disfrutar viendo cuánto siguen preocupándose por ti.
Salí a la calle, maldije, insulté, me cayó la primera lágrima en lustros y al darme la vuelta para volver a la reunión pensé mientras abría la puerta que el destino había intentado darnos en toda la boca y, tras esquivarle, la hostia se la habíamos dado nosotros.
Ven a por otra, cabrón.

Posted by antonio at 11:25 AM | Comments (0)

August 25, 2013

Skunk Anansie (Post Orgasmic Chill)

En el suelo nuestras piernas seguían entrelazadas, mientras su pelo cubría mi hombro izquierdo y nuestros jadeos sonaban como un eco de sus gritos minutos antes. Notábamos por primera vez la frialdad de parqué mientras sus juntas nos arañaban la espalda. Volvía la ternura a nuestros gestos tras el violento paréntesis de las embestidas, los manotazos, los mordiscos y las órdenes. Esa ternura con la que sus pies habían tocado mi costado desde el otro lado del sofá invitándome a dar un paso más. Paso que fue más bien un salto y que había acabado con nuestros cuerpos en el suelo del pequeño estudio. Y ahí seguíamos.
Con mis ojos muy abiertos mirando el techo, indefenso y frágil como sólo un hombre puede sentirse desnudo, boca arriba y con toda su energía ahora dentro de otro cuerpo. Un cuerpo que a mi lado temblaba ligeramente como réplicas de esos dos terremotos que en pocos segundos habían roto la paz de nuestros discretos vecinos. Ella con los ojos cerrados parecía mirar al mismo punto del techo que yo, mientras sus labios seguían entreabiertos, como esperando ser besados de nuevo, y su mano derecha acariciaba despreocupadamente mi hombro y mi pecho, como queriendo sanar las heridas que sus dientes y sus uñas acababan de abrir y que dejarían las cicatrices que aún llevo.
El sudor compartido empezaba a evaporarse y su respiración se iba calmando, sincronizándose con la mía y armonizándose con el susurro que nos llegaba del tocadiscos donde el disco de Skunk Anansie hacía tiempo que giraba por sus surcos mudos.
You´ll follow me down.
No sabía si era ella quién me había seguido a mí o había sido al revés, pero esos eran los últimos versos que recordaba de la canción. Antes de que el mundo se apagase y ella nos encendiese.
You´ll follow me down. Y ahora que ya habíamos llegado quedaba el levantarse, mirarse a los ojos de nuevo, hablarse sin estar dentro de ella, besarla en la boca en lugar de en su sexo, buscar la ropa, deshacerse del presevativo y volver al sofá.
La había seguido hasta aquí y sólo quedaba despedirnos. Al día siguiente nos reiríamos de las heridas: mis codos y rodillas destrozados por las rozaduras de la madera y su espalda, muslos y labios por las de mi piel y mi barba. Pero el día siguiente queda lejísimos cuando dos desconocidos acaban de verse desnudos por primera vez, descubierto sus sabores, sus limites, sus vicios y sus orgasmos. Aprendido en minutos cómo reaccionan sus pechos a mis besos, mi cuello a sus mordiscos, su clitoris a mis caricias o mi pene a sus mimos. Aprendido en segundos cuál es el ritmo y cuáles los gemidos y arañazos que señalan los caminos hacia su éxtasis.
You´ll follow me down.
Me incorporé y la besé en el vientre mientras ella, con dos dedos en mi barbilla, atraía mi cuerpo hacia sus labios, no sé si para mirarme a los ojos o para evitar sutilmente el inicio de otro incendio. Tan elegante como durante la cena pero desnuda esta vez, me besó suavemente mientras me decía que me quería y que se tenía que ir.
No volví a verla así. Jugamos a seducirnos dos o tres veces más pero nunca volvimos a hacer el amor en el suelo, y ella nunca volvió a tener dos orgasmos aplastada por mi cuerpo. Nos perdimos la pista y no nos echamos de menos. O quizá un poco hoy, cuando al abrir facebook he visto las fotos de su boda con aquel chico del que ella me contó una vez, en el mismo sofá, que llevaba meses cortejándola y que empezaba a gustarle.
Quizá la he echado un poco de menos y quizá por eso he buscado ese viejo LP entre mis vinilos.

Cause I dont want you
To forgive me
You´ll follow me down.
You´ll follow me down

Posted by antonio at 01:37 AM | Comments (0)